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Homenaje

Palabras en honor de la memoria de mi padre, César Marco Antonio Matta Durán

¿Qué es morir sino ser uno solo

Con el viento, y fundirse con el sol?

¿Y, qué es dejar de respirar sino el acto que libera la respiración

De su ritmo incesante

Para que esta pueda elevarse y emanar en su búsqueda,

Sin barreras, hacia el más allá?

Cuando beberéis del río del silencio

Solo entonces podréis cantar.

Y cuando logréis llegar a la cima de la montaña

Solo entonces podréis escalarla

Y cuando la tierra se lo pida a tu cuerpo

Solo entonces has de bailar.


Khalil Gibran , El Profeta



Desde que yo era niña, tuve la convicción que mi padre era un súper héroe: gran deportista, avezado conductor, increíble nadador, desafiaba todos los límites de la fuerza, la velocidad y la agilidad. Mi padre era, en suma, inmortal.

Recién hace pocos días me di con la noticia que él no era de acero, y que, contrariamente a lo que me dictó siempre mi intuición, él no podría quedarse para siempre a mi lado.

Pero mi padre fue un hombre excepcional. Cuando mi padre era niño, se imaginaba atravesando el cielo salpicado de estrellas. Hubiera querido ser piloto de aviones, o quien sabe, hasta astronauta. Cada vez que enroscaba su trompo, cada vez que hacía volar su cometa, fantaseaba con ver el mundo desde lo alto, volando como un ave, por sobre los valles y quebradas de Manzanayo, en Huancavelica, lugar donde pasó los momentos más preciosos y atesorados de su niñez.

Ya muchacho, le interesaron los libros, el ajedrez, y por supuesto, la guitarra. ¿Quién podría olvidar el talento y el cariño de Antonio –de mi padre- hacia nuestro folclor? Y siendo hijo, hija, ¿cómo no recordar el orgullo que él sentía por nuestra música peruana, el tesón con que la difundía, y el brío de sus sentidas interpretaciones?

Hace ya casi diez años, en uno de nuestros viajes -de Ayaviri a Sicuani- atravesábamos esa carretera como una línea recta, que parte en dos la pampa desértica y lunar del Collao. En esa ocasión, me contó mi padre que el jarawi o yaraví es un género lírico muy antiguo y oriundo de nuestras tierras, y que se interpreta con gran sentimiento en solemnidad en ocasiones especiales, como viajes, separaciones o reencuentros. Lo recuerdo diciendo:

“huayno, yaraví, tonada, marinera, carnaval… hay tantos géneros en nuestro folclor peruano, tiene tanta diversidad, tanta riqueza nuestra música, que es casi infinita”.
En este día, las cuerdas de su guitarra no vibran, pero quedan en nuestro recuerdo esas lindas melodías, que son la expresión más pura de su arte, y por sencillo reflejo, de la belleza de su alma.

Antonio fue un viajero inagotable y un hombre comprometido con el Perú. Trabajó para darle una voz a aquellos peruanos postergados, sobre todo del campo, luchando contra el olvido, y sobre todo, contra la indiferencia. Nos inculcó a sus hijos, un sentido profundo de la justicia y la igualdad, así como el orgullo de nuestros orígenes andinos y provincianos.

Mi padre fue un buen padre, y tenía una gran capacidad de querer. Hoy frente a ustedes, quisiera decirle que fue un gran profesor de la vida, un ejemplo y un padre como ninguno.

De mi padre heredé la capacidad de recordar todos los sueños. Sus sueños y mis sueños tenían un valor mágico y misterioso. Estos sueños eran y son una manera más de viajar, de evadirse, de despegar; es en suma un oráculo de la realidad.

Además de volar, mi padre casi siempre soñaba con agua, con ríos.

En el mundo andino, el río es apu hablador o cantor, en sus chorrillos como en sus torrentes, cuando vertiginoso, se abre paso entre las montañas. Por eso, en el folclor andino, se le cantan jarawis o añoranzas al río, para que cuide a los viajeros, les guíe y acompañe.

En una de sus últimas cartas, Antonio me contaba:

Chinona, hija: Anoche soñé que cruzaba un río en un punto de encuentro con otro y que la corriente era muy fuerte y pese a ello, lo crucé. Era un río de aguas muy claras, tanto que a pesar de la cantidad de agua, podía ver el lecho. Iba solo. Fue tan real la sensación de estar en el agua que me desperté. Normalmente -para mí- esos sueños significan un viaje sin contratiempos, pero siempre un viaje.

Mi padre, gran explorador de la vida, ha atravesado el río que lo separa de nosotros, y siguiendo sus sueños, ha emprendido su más larga travesía, para rozar las estrellas del firmamento y brillar junto a ellas.

Sin embargo, como el mismo me prometió cuando yo era niña, una parte suya permanecerá para siempre en nuestros corazones.

Taitacha lindo, papito querido, he atravesado este mundo y no he llegado a tiempo para tu partida. Ahora que te has marchado, quiero decirte que te quiero tanto y que te voy a extrañar.

Buen viaje.



Tu hija, tu Chinita,

Alicia


Michita de Pullo y Saúl Rodríguez, amigos de la vida, interpretando un yaraví en honor de Antonio Matta